lunes, 28 de octubre de 2013

TRADICIONES DEL DÍA DE MUERTOS


Gracias a que México es un gran mosaico de tradiciones y manifestaciones artísticas, durante estas celebraciones a los muertos lo mismo podemos encontrar solemnidad y burla, que silencio y algarabía, reflejados en la música y en las oraciones. Por si esto pareciera sorprendente, lo será aún más el saber que en San Andrés Mixquic es precisamente su panteón, el que ha hecho famoso a este pueblo localizado al sur de la Ciudad de México.

En efecto, año con año se dan cita en el camposanto de San Andrés, miles de personas para decorar las tumbas de sus difuntos, las cuales, durante el 1 y 2 de noviembre se visten con flores de cempasúchil, calaveras de azúcar y algunos platillos en honor a los fieles difuntos.

Durante el primer día del mes, cuando llega la noche, el júbilo permea el ambiente con la música de grupos tropicales y mariachis que amenizan los concursos de calaveras de cartón con leyendas satíricas, mientras, otras personas acompañan a un cortejo fúnebre escenificado, en donde la viuda lanza frases picarescas a la gente por la pérdida de su esposo quien se halla dentro de un ataúd simulando su muerte; algunas de esas frases picarescas son: el muerto al pozo y el vivo al gozo... o tan bueno y tan fiel..., etc.

Durante su trayecto hacia el panteón estos personajes van solicitando apoyo económico para la sepultura, haciendo bromas a los concurrentes y, una vez que arriban y que están a punto de enterrar al supuesto "cadáver", éste salta del ataúd y corre despavorido entre la multitud ocasionando la risa de los asistentes.

Así, con un aire de burla muy mexicano, el culto a los muertos comienza para después tomar un aire más solemne: las ofrendas siguen realizándose y las veladoras y cirios le dan ya al panteón de Mixquic un toque mágico, mientras que en las casas las puertas se abren para que las ánimas de los muertos saluden a sus deudos, y los visitantes puedan disfrutar de las coloridas ofrendas del lugar.

Al día siguiente continúa la danza de las almas de los muertos en la tierra, pero ahora toca lugar a las de los adultos: el panteón sigue dominado por ofrendas y comienzan a llegar hombres, mujeres y niños con cubetas, escobas y ramos de flores con la intención de barrer y arreglar las tumbas correspondientes esperando a que el párroco del pueblo llegue para dar la bendición a los asistentes y a las tumbas de los "difuntitos".

De esta manera, en medio de una gran solemnidad y alegría, los días de celebración a los muertos transcurren en Mixquic para recordarle al mundo que entre los mexicanos, la convivencia con la muerte, es algo común...

 Fuente visitada. mexicodesconocido.com.mx

viernes, 18 de octubre de 2013

ALIMENTOS TÍPICOS CON MAÍZ


El maíz no sólo se convierte en tortillas, se transforma en una amplia gama de variantes regionales: desde los tamales en sus cientos de tipos diferentes, hasta los panuchos y salbutes; desde los atoles, pozoles y chilatoles, hasta las memelas, los huaraches y chalupas; desde las picadas, las corundas y gorditas, hasta los molotes, los sopes y dobladas; desde los uchepos, los tlacoyos y garnachas, hasta las enchiladas, los zacahuiles y tostadas; desde las hojarascas, los tecocos y pemoles, hasta los etabinguis, los padzitos y xocoatoles; desde los piltamales, los xajoles y papadzules, hasta las pellizcadas, los nacatamales y xocotamales; desde los pitaules, los nolochis y totomoches, hasta los chocoles, los tapataxtles y puxis; desde los nejos, el pinole y champurrados, hasta los peneques, los cuatoles y quesadillas; desde las paseadas, los timbales y martajadas, hasta las cazuelitas, los garapaches y barquitas; desde las canastillas, las memechas y boronitas, hasta los turuletes y los ¡ahogaperros!

En fin, este universo de productos del maíz va desde los totopos, las infladas, bocoles y chilaquiles hasta un vasto repertorio derivado del maíz que sería prolijo inventariar aquí. Eusebio Dávalos Hurtado citaba que existen en México no menos de 700 formas de consumir el maíz.

Casi todas las maneras de comer este cereal implican un proceso previo de precocido llamado nixtamalización. Su fundamento y procedimientos no han variado con los siglos. Quizás son milenios.

Independientemente de que el nixtamal vaya a ser molido con agua y manipulación artesanal para producir masa, o con modernos métodos de secado en grandes instalaciones fabriles para producir harina, de cualquier manera la nixtamalización es básicamente igual: consiste en remojar el maíz en agua caliente con cal de piedra viva o en polvo hidratada (100 partes de maíz por una de cal), sustancia que al unirse al agua produce una reacción química exotérmica (genera calor) que ablanda la cutícula u hollejo (piel delgada) que cubre al grano; esto propicia que se aglutinen las partículas de la gramínea y que la consistencia y textura de las tortillas sea la adecuada.

Para decirlo en términos de tortillero: ese producto circular debe tener "correa", es decir, flexibilidad suficiente para doblarse sin quebrarse.

Salvo contadas excepciones, nuestros antojitos se elaboran a partir del nixtamal. En algunos casos la masa se manipula cruda para dar lugar al antojito; en otros cobra su forma a partir de una tortilla gruesa o delgada, grande o chica. Después de los tacos y los tamales, las quesadillas pueden considerarse el antojito más frecuente.

Sus primas, las empanadas, están hechas de harina de trigo, en tanto que la quesadilla es de maíz y este nombre se aplica aunque su relleno no sea de queso, pues por extensión de la palabra se ha convertido ya en un genérico.

Los contenidos más usuales son el mencionado queso, el requesón, papa sola o con longaniza, sesos o pancita de res, en ambos casos con cebolla, chile serrano y epazote; picadillo, huitlacoche, rajas de chile poblano, chicharrón prensado, pollo deshebrado y flor de calabaza. Las quesadillas se cuecen fritas o en comal. Suele agregárseles alguna salsa.

Fuente visitada. mexicodesconocido.com

lunes, 9 de septiembre de 2013

EL COMERCIO EN EL VALLE DE TENOCHTITLAN


El mantenimiento del poderío azteca se debía en parte al dominio militar que ejercían sobre las ciudades conquistadas a las cuales se les obligaba a pagar un tributo, pero también el comercio fue utilizado como medio de dominación y de existencia. Es así que la forma de abastecimiento de la ciudad de Tenochtitlan tenía sus orígenes en estas dos vías, el tributo y el comercio.

la ciudad de Tenochtitlan era considerada como un punto estratégico y sobre todo simbólico para los indígenas, hizo todo lo posible por edificar sobre las ruinas el nuevo gobierno de la corona española mediante un virreinato, no obstante, las recomendaciones de sus allegados eran de que constituía un peligro fundar la capital del virreinato sobre esta ciudad indígena, ya que tendrían problemas de terrenos pantanosos, estarían constantemente expuestos a inundaciones, que se enfrentaría a problemas graves de suministro de agua y de mercancías, y que el trato con los indios serían de excepcional intimidad.

Ya confirmado Cortés como Gobernador en 1522, la ciudad se organizo como un Ayuntamiento y fue cuidadosamente planeada, la concepción de su ciudad nos describe las ideas políticas y sociales de la dominación española en América. La traza de la ciudad original de Tenochtitlan se conservaría con algunos ajustes, el cuadro con sus calles anchas los edificios alrededor de la plaza central como el de gobierno, la Catedral, las acequias principales y los comercios. No importando las dificultades del terreno, incluso se construyo sobre ruinas y antiguos templos indígenas. La construcción de esta ciudad se llevaría a cabo por los mismos indígenas, así como los servicios y el abastecimiento correrían por cuenta de ellos mismos.

El acomodo de la población recién instalada, el repoblamiento de la capital y el incremento de la tasa demográfica hizo que la organización política y administrativa de la ciudad fuera evolucionando, así como también se desarrollo la infraestructura urbana necesaria para responder a las necesidades de la población. Como ya había dicho el abastecimiento de la ciudad estaba a cargo de los indígenas, a quienes se les permitía el comercio de sus productos a cambio de un impuesto real por el lugar ocupado, por el traslado de la mercancía, por el producto mismo y por el tiempo y los días en los que se comerciaba. Pero para que esto sucediera, es decir para que se diera el correcto cobro de impuestos era necesario la ordenación del abasto en la ciudad, tarea nada fácil.

En un principio el comercio se daba en casi cualquier punto de la ciudad, pero sobre todo en la plaza central y en las acequias por medio de más de mil canoas. También el abasto se introducía por los grandes canales que provenían de los embarcaderos en las afueras de la ciudad (Chalco, Atenco, Ayotzingo, Xochimilco, Iztapalapa, y sobre todo el de Mexicalcingo), y se comerciaba con gran diversidad de productos como es el trigo, maíz, frutas, verduras, leña, hierba para caballos, pescados, carne, pan, zacate y flores.

A finales del siglo XVIII, el mercado de la plaza mayor era insuficiente para albergar a más comerciantes, y a tantos más productos, aunado a esto los regateros provocaban inseguridad en los compradores así como la sobreutilización de las acequias provocaba la inmundicia y desorganización del tránsito por estas avenidas acuáticas.

Era necesario pues, tomar las decisiones adecuadas para administrar este comercio de manera que se ejerciera de manera funcional y con una mejor dirección, sobre todo para higienizar la ciudad, y ordenarla. Así el Segundo Conde de Revillagigedo ordena la concentración de mercados y comerciantes para tener control absoluto del comercio y para cobrar los impuestos de manera más eficiente. De esta manera se traslada el mercado de la plaza mayor a un rincón del centro de la capital, aproximado a la acequia real, en un lugar donde ya se ejercía el comercio pero de forma atomizada. Así nace el mercado de El Volador ubicado enfrente de la universidad, en la esquina del edificio de gobierno para una mejor vigilancia y para comodidad de los habitantes de la ciudad y teniéndolo cerca, esta plaza de El Volador debe su nombre a que en ese lugar se llevaba a cabo el antiguo juego del volador de fascinación mexica, el dueño de la plaza era el Marques del Valle de Oaxaca, Duque de Terranova y Monteleone quien arrendó el lugar al Barón de Santa Cruz Representante del ayuntamiento de la ciudad en Noviembre de 1789 por cinco años y por 2500 pesos anuales, de esta manera se limpio el lugar, se arreglo y se acondiciono para ejercer el comercio e incluso para llevara a cabo corridas de toros para las ocasiones especiales como la llegada o nombramiento de los virreyes, la entrada a la plaza se empedró y enlosó, se acomodaron cajones y tinglados de madera que más tarde constituirían un peligro por los incendios que su deterioro ocasionaba.

Debido a fallas en la administración y en la dirección de este mercado se hizo necesario un reglamento general de los mercados y mercaderes, que se llevó a cabo en noviembre de 1791 por el intendente Bernardo de Bonavia, para el “buen funcionamiento y orden del mismo” que constituye un punto de referencia para el estudio histórico de los mercados.

 Así se constituyo el principal centro de abastos de la ciudad de México después del de la plaza mayor y el de Tlatelolco en la época de la colonia, al que le seguiría el de La Merced ubicado en el antiguo convento del mismo nombre, y el de otra plazas como el mercado de San Juan uno de los más amplios y más concurridos, el de Loreto en la plazuela del mismo nombre, el de Santa María la Redonda que venía de la calzada de Guadalupe, el de Jesús, Sta. Catarina y Cruz del Factor.

 Fuente visitada. www.tuobra.unam.mx

lunes, 26 de agosto de 2013

LAS HACIENDAS MEXICANAS


México cuenta con una riqueza cultural, histórica y turística que no es superada por ningún otro país del mundo. Tiene una posición geográfica privilegiada y dispone de una excelente infraestructura hotelera y de servicios.  Del Pacífico al Caribe, del desierto a la selva tropical, del altiplano a los volcanes nevados, México ofrece en su increíble variedad de luz, de color y de paisajes, una profunda unidad como nación que se adapta al progreso conservando con orgullosa dignidad, las raíces de sus ancestrales culturas.
Ningún otro país del "Nuevo Mundo" ofrece al turismo riquezas similares: Gastronomía, playa, sitios arqueológicos grandiosos, historia, folklore y arte colonial.

Aunque Jalisco, Yucatán, Hidalgo y Campeche son los estados con mayor número de haciendas, por todo el país pueden encontrarse estos rehabilitados edificios históricos, fundamentalmente casas palaciegas y antiguos monasterios, construidos entre los siglos XVI y XIX.

Las haciendas mexicanas, formaban parte de un sistema económico iniciado por los españoles en el siglo XVI Se trataba de eficientes granjas y centros manufactureros en los que se producía carne y otros productos para la exportación: azúcar, alcohol, vino, trigo, pulque... En ocasiones eran también, como en el caso de las de Guanajuato, sede de las empresas dedicadas a la explotación de oro y plata.

Como en las plantaciones sureñas de Estados Unidos, en las haciendas se ponía de manifiesto el sistema de castas, con los hacendados y los indígenas, que habitaban edificios bien diferenciados: la lujosa casona principal y las pobres viviendas. Unos inmuebles que compartían espacio con las edificaciones que servían de cuarto de máquinas, de almacén... y que en muchos casos todavía hoy se conservan.

En el siglo XIX, la mayor parte de las haciendas, sobre todo las de Yucatán, producían soga de henequén, una fibra natural variedad del cactus de agave para producir cordeles que adquirió gran demanda en el siglo XX, en el período de entreguerras, y que enriqueció a los propietarios de estas fincas.

Así, con el paso del tiempo, las haciendas fueron reflejando el nivel económico alcanzado por sus propietarios y se convirtieron también en fincas de recreo, símbolos de salud y cultura: Un apogeo que derivó en un desarrollo arquitectónico espectacular, acompañado en el interior de muebles, antigüedades y obras de arte procedentes de todo el mundo, y en el exterior de la plantación de bellos jardines con fuentes, capillas, claustros y todo tipo de sofisticados detalles, incluso en ocasiones pequeños acueductos.


 

Fuente visitada. elalmanaque.com

miércoles, 21 de agosto de 2013

HISTORIA DE LOS MERCADOS MEXICANOS


Envueltos en olores, colores, sabores y significados, los mercados más que un simple espacio de compra y venta para el abastecimiento diario, son una síntesis de la cultura y la historia de una región, así como de las relaciones comerciales que tiene ésta con otras poblaciones.


La red de comunicación mesoamericana era extensa y por los caminos llegaban no sólo productos, sino usos y costumbres, formas artísticas, conocimientos científicos y tecnológicos, diferentes lenguas y formas de ver el mundo, dice Attolini Lecón.

“A través de los restos arqueológicos que se han encontrado se sabe que el intercambio de diversos productos entre las culturas antiguas fue muy importante. Teotihuacan y Tula, cada una en su tiempo, establecieron relaciones comerciales y culturales muy cercanas con la zona maya, lo cual se ve reflejado en la arquitectura, los entierros y objetos de diversos usos.

El intercambio más activo de toda Mesoamérica se daba en la Cuenca de México, a través de la red de lagos que permitió la comunicación por medio de embarcaciones, favoreciendo el comercio y el crecimiento de la economía en la altiplanicie central.

En medio del lago estaba Tenochtitlan, en su tiempo la ciudad más poblada de América y una de las de mayor densidad del mundo. Estaba dividida en cuatro barrios principales, los cuales contaban con su propio mercado, como sucede actualmente con cada colonia.

La Nueva España-
Una vez consumada la conquista vino un largo periodo de ajuste, absorción y mestizaje en todos los órdenes de la vida colonial. Sin embargo, se mantuvo el expendio de mercancías tradicionales a las que se adicionaron algunos productos provenientes de España. Así mismo, las semillas de cacao siguieron fungiendo como moneda, al igual que las metálicas que en esa época se empezaron a acuñar.

Hay que destacar que la tecnología europea llegó a revolucionar la agricultura americana, aumentando la producción y disminuyendo el trabajo humano, así se introdujo gran variedad de verduras, leguminosas, hortalizas, cereales, frutas, cítricos, caña de azúcar y más tarde café y arroz.

Una de las características del comercio en la Ciudad de México al iniciarse el siglo XVII fue la agrupación de gremios en determinadas calles, plazas y barrios, como antiguamente acostumbraban los grupos prehispánicos.

Así se podía localizar a los carpinteros, cerrajeros y herreros en la calle de Tacuba; a los gamuceros, en La de Palma; a los curtidores, en los barrios de San Hipólito y San Sebastián, en un principio, y más tarde en el barrio de San Pablo. 

En la Plazuela de San Diego o Santo Tomás, a los caoneros; a los alfareros en la calzada de Santa María y, en tanto que sastres, tocineros, zapateros, albañiles, panaderos, confiteros, pulqueros, posaderos, etcétera, estaban esparcidos por toda la ciudad.

En el siglo XVII se creó el mercado de El Volador, en donde hoy se encuentra la Suprema Corte de Justicia; fue el primer mercado como tal y en poco tiempo se convirtió en el principal de la ciudad de aquellos años.



En 1703 se inauguró el Parián, donde los gremios comerciaban sus diversas manufacturas; además había vendedores ambulantes que pregonaban sus mercancías por toda la ciudad, antecedente de cómo ahora vemos que en los mercados y tianguis gritan los productos que venden. 
 En 1793 se inauguró el mercado de la Cruz del Factor, que con el tiempo se le llamó el Baratillo Menor. Al finalizar el periodo virreinal, los mercados y tianguis de la ciudad de México se agrupaban en tres categorías: la primera correspondía a un núcleo principal ubicado en la Plaza Mayor, como El Parián, los portales de Mercaderes, las Flores, la Diputación y El Volador.

También había un grupo de mercados con cajones y puestos fijos de madera ubicados en la periferia, como en las plazuelas de Santa Catarina Mártir, la Cruz del Factor y de Las Vizcaínas, considerados como de segunda importancia. 

El tercer grupo se extendía en numerosas plazas y plazuelas sobre petates o bajo la sombra, con puestos no fijos, entre éstos estaban los tianguis de Jesús, La Cal, Santa Ana, Carbonero, Burros, Mixcalco, La Paja o de El Maíz, ubicados en lo que hoy es Pino Suárez esquina con República del Salvador.

En 1841 el gobierno inició la construcción de un nuevo mercado, el de San Juan o Iturbide, el cual fue inaugurado en 1850. En 1863 se edificó el mercado de La Merced, sustituido más tarde por la construcción porfirista que marcó el inicio de una decidida política para la modernización de mercados.

En 1869 se estableció el mercado Guerrero. Ya en 1887 había 9 mercados para abastecer a la capital: en el norte, el de Santa Catarina, Santa Ana y Guerrero; al sur, el de San Juan; al oriente, el de La Merced y San Lucas; al poniente el Dos de Abril y el de San Cosme.

En 1889 se inauguró el mercado de Loreto, en 1893 el de La Lagunilla y dos años después el de Martínez de la Torre. En 1912 se edificó el mercado Juárez, sin embargó, la Revolución Mexicana trajo un estancamiento de los mercados, así tuvieron que pasar 22 años para que en 1934 se inaugurara el Abelardo. 

Durante la gestión del presidente Adolfo López Mateos (1958-1964) llegó a su clímax la construcción de mercados, pues sólo en la ciudad de México se inauguraron 88. 

Una de las características prehispánicas todavía presente en los mercados es la especialización en ciertos productos. Por ejemplo en dulces, como el de la Candelaria; en carnes, el de San Juan; o el de plantas, en Xochimilco.

En la época prehispánica existía el mercado donde se comerciaba principalmente la sal, en el barrio de Atenantitlan; el de perros para comer, en Acolman; y los de esclavos, en Azcapotzalco y en Iztocan, por mencionar algunos.

Otra de las características que todavía sobrevive en los mercados es el altar con una imagen religiosa sea de una virgen o un santo. En la época prehispánica, los espacios de comercio también contaban con un altar para sus dioses.

No obstante la proliferación de supermercados, los mercados y tianguis no van a desaparecer porque junto con los productos, en estos espacios comerciales convergen un sin fin de aspectos culturales.

Fuente visitada. 

http://inah.gob.mx/index.php/especiales/34-mercados-mexicanos-sintesis-y-germen-de-cultura

miércoles, 14 de agosto de 2013

ORIGENES DEL EL SARAPE

El sarape es considerado uno de los elementos más representativos del México independiente. Su historia es la de una prenda de uso masculino que, de sus orígenes inciertos, pasó a convertirse en un verdadero emblema nacional, similar al rebozo femenino. Sin embargo, el surgimiento, entre 1750-1860 de los llamados “sarapes de Saltillo clásicos”, cuya finura en el hilado y el tejido rivaliza con los textiles más refinados del mundo, constituye hasta nuestros días una gran incógnita, pues se desconocen los lugares, fechas y circunstancias precisos en los cuales fueron por primera vez tejidos. Su huella fue tan amplia, que encontramos sarapes y tejidos que reflejan la influencia de los “saltillo” desde Totonicapán, Guatemala, hasta la región Río Grande de los hispanoamericanos de Nuevo México y los indios navajo de la misma región.

 ¿Qué es un sarape de Saltillo clásico?
 Se trata de un textil de forma rectangular tejido generalmente en dos lienzos unidos por el centro y que comparte varias características: sus medidas son de aproximadamente 1.20 m de ancho por 2.40 m de largo; puede tener o no una bocamanga o apertura, para ser usado como poncho o colocado sobre los hombros, con el diseño central a la espalda. Tiene un patrón de diseño tripartita que consta de un elemento central dominante -un diamante o un medallón- que abarca el área entre la espalda y el pecho, un marco de 5 a 10 cm alrededor del tejido en colores y diseños afines al motivo central y un fondo contrastante con pequeños diseños repetidos.

 Existe un gran enigma en torno al origen geográfico del sarape, no es seguro que haya sido propiamente en Saltillo, hoy capital del estado norteño de Coahuila, donde se hayan tejido los primeros. Los censos económicos de los siglos XVII y XVIII mencionan sólo unos cuantos telares y tejedores de Saltillo. Lo que sí se sabe es que cada mes de septiembre a partir del siglo XVII, se realizaba una gran feria anual para honrar a San Mateo, y que mucha gente acudía a Saltillo a comprar sarapes finos. Así creció su fama y le quedó el nombre de “saltillo” al sarape. Durante el período colonial los más importantes centros productores de textiles de lana y de lana con algodón fueron Puebla, Texcoco, Querétaro, San Miguel de Allende y Tlaxcala.

 La huella. Orgullo y trofeo
Nuestro rastreo histórico nos lleva al siglo XIX, cuando en los albores de la lucha por la independencia de México, algunos hacendados se unen al movimiento financiando parte de la campaña militar, a la vez que muchos vaqueros y pequeños propietarios hacen lo propio pero como combatientes; son los llamados “chinacos”, famosospor su indumentaria de chaqueta corta y sarape y por su valentía en el campo de batalla. Luego, durante las invasiones americana (1847-1848) y francesa (1863-1867) a México, se habrían de borrar las diferencias de clase entre hacendado y vaquero, y fue precisamente el sarape el símbolo que unificó su orgullo e identidad en la lucha por la soberanía mexicana. Y si de trofeos hablamos, se dice que Antonio López de Santa Anna, presidente de México, regaló un sarape a Sam Houston, comandante del ejército texano y primer presidente de la República de Texas, cuando firmaron el Tratado de Guadalupe Hidalgo; que los emperadores Maximiliano y Carlota enviaron un sarape como obsequio a Napoleón III, que el mismo Maximiliano utilizaba sarapes con frecuencia y que fue fusilado vestido con traje charro de gran gala.

Al consumarse la Independencia en 1821 y abrirse la nación al mundo (los españoles habían mantenido un férreo control sobre la presencia extranjera), un numeroso y sucesivo grupo de litógrafos extranjeros viajaron por diversas regiones de nuestro territorio, registrando el uso de los bellos sarapes multicolores que hoy conocemos como “sarapes de Saltillo”. El italiano Claudio Linati, quién en 1826 introdujo la litografía a México, publicó en Bruselas, dos años después, la obra Trajes civiles, militares y religiosos de México. A su vez el alemán Carlos Nebel publicó en 1836, Viaje pintoresco y arqueológico sobre la parte más interesante de la República mexicana, entre los años de 1829 a 1836, reflejando con gran belleza el colorido y sentido social del sarape. En la década siguiente Julio Michaud, en su exitoso Álbum pintoresco de la República mexicana, se dedicó a copiar paisajes y personajes de Nebel y fusionarlos con paisajes de Pedro Gualdi, en los cuales también retrata el uso del sarape. Por sus páginas desfilan tanto caballerangos y caporales a caballo como apuestos jóvenes del pueblo cortejando o acompañando a mujeres, ataviados con el sarape, una prenda de sorprendente versatilidad pues servía de impermeable, cobija y lujo.

Óleos y acuarelas fueron también legados por Juan Mauricio Rugendas, Thomas Egerton y Edouard Pingret. Hacia las últimas décadas del siglo XIX, si bien existían diferencias notables entre hacendados y vaqueros, los primeros, ya sin sus latifundios pero conservando sus títulos nobiliarios, habrían de crear la figura del charro y el deporte de la charrería, una forma elegante para rememorar los viejos tiempos de las épocas del marcaje del ganado, las artes del jaripeo y el “paseo” con el traje de gala. Para entonces el sarape había también recibido influencia francesa, evidente en la utilización de hilos metálicos y de hilos de colorombré, es decir matizados. El sarape, ahora más pequeño, se colocaba doblado sobre el hombro. Surgieron entonces los sarapes con rayas multicolores matizados y también aquellos con figuras y retratos nacionalistas.

En su larga historia el sarape llamó poderosamente la atención de propios y extraños y se convirtió en un objeto codiciado por los visitantes y en excelso obsequio de los gobernantes mexicanos. La armonía de los “sarapes de Saltillo”, la sensibilidad y la maestría en el hilado, tejido, diseño y color que les dieron vida, se convirtieron en legado y testimonio duradero de los tejedores anónimos de nuestro país, cuyo secreto esperamos algún día poder descubrir.

 Fuente visitada. mexicodesconocido.com

domingo, 4 de agosto de 2013

LA CANCIÓN RANCHERA


La canción ranchera es un género musical popular de la música mexicana, ampliamente ligada a los mariachis.

Sus orígenes datan del siglo XIX, pero fue desarrollado en el teatro nacionalista del período post-revolucionario de 1910 y se convirtió en el icono de la expresión popular de México, un símbolo del país, que fue difundido con gran éxito por varios países latinoamericanos especialmente gracias al cine mexicano de las décadas de 1940, 1950, 1960 y 1970, causando profundo arraigo entre los sectores populares y medios.

Los cantantes profesionales de este género desarrollaron un estilo extremadamente emocional, una de cuyas características consiste en sostener largamente una nota al final de una estrofa o línea, culminando en una "terminación fundida".

Lola Beltrán es considerada la "Reina de la Canción Ranchera" y María de Lourdes es "La Embajadora de la Canción Ranchera" ambas cantantes mexicanas se destacaron por llevar la música ranchera por países donde no se habla español, es el caso de Indonesia, Rusia, Países Bajos y Francia, entre otros.

En cuanto a las letras, predominaron en un comienzo las historias populares relacionadas con la Revolución mexicana, la vida campesina, los caballos, la familia, los bares y cantinas y las tragedias amorosas. Posteriormente las temáticas se han centrado especialmente en el amor de pareja y como sucede con todo ritmo que se "internacionaliza", su capacidad para contar historias populares se ha debilitado por cuenta de la presión de los productores musicales.

Las rancheras han llegado a ser uno de los géneros más representativos de la música mexicana (que tiene diversos estilos regionales), evolucionando desde el escenario local y campesino hasta la conquista internacional.

 

fuente wikipedia.