miércoles, 1 de diciembre de 2010

LA CRÍA DE ANIMALES AÑO 1.800-HUMBOLDT


Los mexicanos no intentaron reducir al estado de domesticidad las dos especies de toros salvajes (bos americanus y bos moschatus) que vagaban en manadas por las llanuras inmediatas al río del Norte; no conocen la llama, y no sabían sacar partido de los carneros cimarrones de la Vieja California ni de los berrendos o cabras salvajes de la Nueva. Entre las innumerables variedades de perros que pertenecen al reino de México, sólo una, el techichi, servía para alimento de los habitantes. No hay duda de que se sentía menos la falta de animales domésticos antes de la conquista, en una época en que cada familia no cultivaba más que una corta extensión de terreno, y una gran parte del pueblo vivía casi exclusivamente de vegetales. Sin embargo, la falta de aquellos animales obligaba a una clase numerosa de habitantes, cual es la de los tlamana, a hacer el oficio de acémilas y pasar su vida por los caminos reales, cargados con grandes cajas de cuero llamadas petacas (petlacalli en mexicano), que contenían géneros con un peso de treinta a cuarenta kilogramos.
En las costas orientales de México hay gran abundancia de ganado, principalmente en las desembocaduras de los ríos de Alvarado, Coatzacoalcos y Pánuco. Sin embargo, la capital y las grandes poblaciones inmediatas a ella se proveen de carne en la intendencia de Durango. Los naturales son muy poco aficionados a la leche, la mantequilla y el queso. Este último es muy apetecido por los mestizos, y forma un ramo de comercio interior bastante considerable. Son también importantes los ramos de cueros curtidos y de sebo y jabón. Los caballos de las provincias septentrionales, principalmente los de Nuevo México, son tan célebres por su excelente calidad como los de Chile: según dicen, unos y otros descienden de raza árabe. Los mulos serían mucho más numerosos si no pereciesen muchísimos en los caminos reales, por el cansancio que padecen en viajes de muchos meses. Se cuenta que sólo el comercio de Veracruz ocupa cerca de 70,000 al año; y en la ciudad de México se emplean más de 5,000 en el lujo de los tiros.
Es digno de notar que ni el cerdo común ni las gallinas, que se encuentran en todas las islas del Pacífico, los hayan conocido los mexicanos. De las dos castas de cerdos que en el día son más comunes en México, la una se introdujo de Europa y la otra de las Filipinas; se han multiplicado muchísimo en el altiplano central, y allí el valle de Toluca hace un comercio muy lucrativo de jamones.
En las habitaciones de los indígenas del Nuevo Continente, antes de la conquista, había muy pocas aves domésticas, porque su conservación y alimento exige un cuidado muy particular en países recientemente abiertos al cultivo y cuyos bosques abundan en animales carnívoros de toda especie. Sin embargo, ya antes de la llegada de los españoles, los pueblos más civilizados del Nuevo Continente criaban varias gallináceas, como hoccos, pavos, faisanes, patos, gallinetas, yacous o guans y aras.
A la Nueva España debe Europa el más grande y útil de los gallináceos domésticos: el pavo (totolin o huexolotl). De México, los españoles lo llevaron al Perú, a Tierra Firme (Castilla del Oro) y a las Antillas. Los antiguos mexicanos tenían patos domésticos, y todos los años les arrancaban las plumas, que eran un ramo de comercio importante.
El cultivo de la morera y la cría de gusanos de seda se introdujeron por el cuidado de Cortés pocos años después del sitio de Tenochtitlán. A mediados del siglo XVI ya se cosechaba seda en cantidad bastante considerable en la intendencia de Puebla, en las inmediaciones de Pánuco y en la provincia de Oaxaca. Hay varias especies de orugas indígenas que hilan seda semejante a la del bombyx mori de la China. De estos insectos viene la seda de la Mixteca, que ya era un objeto de comercio en tiempo de Moctezuma.
La cera es un objeto de la mayor importancia para un país en donde reina mucha magnificencia en el culto religioso. En las fiestas de las iglesias, tanto en la capital como en las capillas del último barrio de indios, se consume una enorme cantidad. Las colmenas son de gran producto en la península de Yucatán. La cera de Yucatán proviene de una especie de abejas propias del Nuevo Continente, que se dice carecen de aguijón sin duda porque su arma es muy débil.
La cría de la cochinilla (grana nochiztli) en Nueva España remonta a la más alta antigüedad, probablemente antes de la incursión de los pueblos toltecas. En tiempo de los reyes aztecas, la cochinilla era más común que hoy día, y había nopalerías no sólo en el Mixtecapan (la Mixteca), y en la provincia de Huaxyacac (Oaxaca), sino también en la intendencia de Puebla y en los alrededores de Cholula y de Huejotzingo.
Alrededor de la ciudad de Oaxaca, principalmente cerca de Ocotlán, hay haciendas que tienen de 50 a 60,000 nopales plantados en filas como magueyes de pulque. Sin embargo, la mayor parte de la cochinilla que entra al comercio la dan las nopaleras pequeñas pertenecientes a indios pobres.
Para completar el cuadro de las producciones animales de la Nueva España diremos algo acerca de la pesca de perlas y de la ballena. Es probable que estos dos ramos de pesca lleguen a ser algún día muy importantes para un país que tiene más de 1,700 leguas marítimas de costas.
Ya antes del descubrimiento de América, los naturales apreciaban mucho las perlas. Entre los presentes que Moctezuma hizo a Cortés, antes de su entrada en México, y que éste envió a Carlos V, había collares guarnecidos de rubíes, esmeraldas y perlas.
Las costas occidentales de México, principalmente la parte del Pacífico situada entre el golfo de Bayona, las tres islas Marías y el cabo de San Lucas, abundan en cachalotes, cuya pesca se ha hecho importante objeto de especulación mercantil para los ingleses y los angloamericanos, a causa de la gran carestía de la esperma de ballena. Con todo, a los españoles mexicanos no les tienta el deseo de tomar parte en la caza de esos grandes mamíferos cetáceos, no obstante que podrían hacerlo con notables ventajas sobre los ingleses y los angloamericanos, que se ven obligados a hacer navegaciones de más de 5,000 leguas marítimas.


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