domingo, 12 de septiembre de 2010

AGUASCALIENTES

La Feria de Aguascalientes tiene su origen en el año de 1828 y nace con el fin de abrir mercados agrícolas y ganaderos, de las diferentes provincias de la Nueva España en el mes de noviembre, período en el que se escogían las cosechas y se mostraban los productos que proporcionaba la ciudad, pronto ganó lugar entre las más conocidas; en aquel entonces competía con las Ferias de Acapulco, Jalapa y San Juan de los Lagos.
Con la visión progresista de un gobierno empezó todo, en un Parían a medio construir dentro de un predio de 58 por 87 varas de Don Pablo de la Rosa y el préstamo de 8,000 pesos de Don Anastasio Terán y claro, el entusiasmo de comerciantes y la gente buena de Aguascalientes.
A pesar de ser la primera fue un éxito, a tal grado que en los siguientes otoños, se terminó el Parían y se acercó gente de Durango, San Luis Potosí, de Puebla de los Ángeles, del norte, de la capital del país y hasta del extranjero.
El Parían, con sus 130 locales comerciales dentro de sus cuatro portales y su “Plaza del Mercado” interior pronto resultaron insuficientes para recibir a tanto feriante. Y de nuevo un gobierno visionario mudó en 1851 la Feria a su actual sede: El Jardín de San Marcos. Se acomodó la fecha al mes de abril, durante los festejos del Santo Patrono, cuando el parque ofrecía sus mejores aromas y colores para los visitantes.


AGUASCALIENTES


Le llaman la Bonaterra, tierra de cielos límpidos y aguas cristalinas. Y es tierra de “gente buena”, eso se deja sentir. Tal vez se deba a una piedad muy arraigada, incluso entre la gente joven, o tal vez al nivel de vida que gozan en esta región, situada en el corazón de la República.

Aguascalientes es una tierra de nostalgia. añoranza de un pasado que se va, como los trenes que se pierden en el horizonte: esta ciudad bonita se fundó en 1575, muy cerca del Camino Real de la Plata que atravesó México en tiempos de la Colonia, y que dio tanta riqueza a esa parte del país.

El ferrocarril, los merenderos y cenadurías, los relojes, los toros y los gallos, los dulces de guayaba, los deshilados, la balaustrada del jardín de San Marcos, los templos y los artistas (que los hay muchos y muy buenos como se puede ver en el Museo de Arte Contemporáneo) están tan arraigados a Aguas, como la Feria misma, esa que despabila a la ciudad y la hace estremecer hasta las entrañas durante un mes, cada año. Esa que está por cumplir 180 ya y que comenzará este 19 de abril.
En el palacio de gobierno, edificio añejo de muros rojos, sobre la Plaza de Armas, hay 111 arcos mixtilíneos y cinco murales que narran la historia de Aguascalientes. Los pintó un muralista chileno, Oswaldo Barrera, que teniendo a Diego Rivera como maestro imitó su estilo. Los murales narran sin concesiones ese pasado rotundo que tiene el estado: rebeliones chichimecas, el dominio de la religión y del poder, la vindicación de la tierra, las razones de ser.

La melancólica Aguascalientes también celebra a la muerte, festiva, cáustica, insolente y muy a su modo con el festival de calaveras que se lleva a cabo en los últimos días de octubre y los primeros de noviembre. Pero el resto del año hay varias maneras de contagiarse de ese espíritu. Una es en el Museo Nacional de la Muerte, el más grande que existe dedicado sólo a ella.
En la Plaza de las Tres Centurias (Avenida Alameda 301; T. 01(449) 994 2759; martes a domingos de 10 a 21 horas) se rinde homenaje al tren, con tres estaciones de tres siglos distintos. Los aguascalentenses reconocen que es rara la familia que no tenga un pasado ferrocarrilero y sufren por la desaparición del legendario silbato que se escuchaba cientos de kilómetros a la redonda y a partir del cual organizaban su cotidianidad.
El paso del tiempo ya no se mide igual desde entonces. Pero no por eso se desdeñan los relojes de la Empresa Internacional de Relojes que dejó algunos ejemplares preciosos por ahí y por allá. Uno es el reloj taurino que repica con el “Paso doble” de Silverio Pérez, en el hotel Fiesta Americana, y que en tiempos tocaba su campana a las 12 horas —hora que marca la rifa del toro—, a las 15 horas —hora en que el torero se viste de luces—, a las 17 horas —hora en que se parte plaza— y a las 19 horas —cuando termina la corrida—. Otro es el reloj de los Gallos Giro y Colorado, en la Plaza Patria, y que con la tonada de “Pelea de gallos”, de J.S. Garrido, el himno de la Feria de San Marcos, atiza a los espectadores a que hagan sus apuestas. Pero para no dejar cabo suelto y si ya tres relojes marcan tres elementos fundamentales del ser aguascalentense —ferrocarril, toros, gallos—, un cuarto reloj inusual añade la nota religiosa. Se puede apreciar en la torrecita del Templo del Encino, en la cual aparece, tras la apertura de una curiosa puertecita de madera, un Cristo en miniatura que bendice a los fieles.

(revistatravesias.com - n.74)



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