martes, 21 de septiembre de 2010

EL MÉXICO DE AYER


La ciudad de México reitera los estereotipos, fue -ya no es- una ciudad fundada sobre el agua, una nueva Venecia, una Venecia inundada, de cuya muestra queda un dudoso botón , Xochimilco y sus chinampas; a la cristalina calidad del agua se añadía la extraordinaria transparencia del aire:una transparencia que como la vista de los volcanes y las noches estrelladas ya no es, solamente fue. Los magueyes, los mezquites, la grana cochinilla, los telares, los judas, el pulque y las pulquerías, los monstruos de Ocumicho, las mariposas monarca,las peras gamboa, las rosas balme.
La ciudad de México crecía por entonces, a ella habían llegado muchas familias provincianas ahuyentadas por la Revolución, como bien puede verse en las novelas que Mariano Azuela escribió cuando ya vivía en la capital.
En 1925 el centro estaba lleno de señoras elegantes con piel de zorro al cuello, con sombreros de fino velillo que caía coquetamente sobre el rostro, zapatos y bolsa haciendo juego, cejas depiladas y labios muy rojos y cuando cantaban las mujeres tenían la voz aguda y clarita, la voz de las mujeres abnegadas y dulces, Esmeralda y la argentina Libertad Lamarque; desentonaba Lucha Reyes, aguardentosa y dispuesta siempre a la revancha, más tarde, Chabela Vargas, sensual y trágica, cantaba en los años sesenta, cerca de donde estaría más tarde el metro Insurgentes, y luego Chabela volvió a cantar, era la década del 90, en «El Hábito», invitada por Jesusa Rodríguez; los muchachos de antes iban trajeados y ensombrerados, de Sonora a Yucatán se usaban sombreros Tardán y se bebía cerveza Corona.
En las calles de la Merced los indios usaban calzón de manta blanca y sombrero de palma y a su lado iban las mujeres con rebozo de bolita, trenzas y enaguas o vestidas con vestidos brillosos color rosa mexicano, no se veía el color, pero sabemos que era rosa mexicano, abundaban los niños callejeros, los mendigos, los perros sarnosos y los tamemes que cargaban sus enormes bultos o que en épocas de lluvia transportaban sobre su lomo a los niños o a las mujeres de clase media — cuando la ciudad se inundaba, sus calles enlodadas; por Corregidora o Jesús María, junto a los cajones de ropa, había puestos de fruta o de verduras frescas colocadas en perfecto equilibrio.
En expendios que aún existían en la década de los cuarenta se vendían las famosas gelatinas Rosita, amarillas y temblorosas y unas natillas líquidas avainilladas que se asocian en mi mente con el tepache, una bebida ahora poco frecuente, vendida en los puestos callejeros de san Cosme, al lado de Al final de la semana Santa, el Sábado, la ciudad se llenaba de Judas y del sonido atronador de las matracas que con su estruendo creían poder abrir las puertas de la Gloria, mientras se abrían de par en par los enormes portones de las iglesias, la del convento de Jesús María o la de la iglesia de Popotla, al lado del árbol de la Noche Triste, en el antiguo Reino aliado de Tacuba, por donde Cortés salió para recuperar sus fuerzas rumbo a Tlaxcala. En la iglesia de Regina, lóbrega y brillante, los sanguinolentos cristos de caña me miraban con sus ojos de cristal, cuando acompañaba a misa a mi nana. Las hileras de enormes judas colgados en los hilos del telégrafo empezaban a estallar, algunos curas daban su mano a besar y los niños los miraban asustados.
Destruido en el primer tercio del siglo XIX, el mercado del Parián estaba en lo que sería después el Zócalo. El México de los años treinta del siglo XX era quizá a la vez muy semejante al México decimonónico y hasta a la ciudad colonial. Guillermo Prieto, en Memorias de mis tiempos, describe esa zona de la capital.
Por aquel tiempo se ordenó y llevó a cabo la demolición del Parián, grande cuadrado que ocupaba toda la extensión que hoy ocupa el Zócalo, con cuatro grandes puertas, una a cada uno de los vientos, y en las caras exteriores, puertas de casas o tiendas de comercio. En el interior había callejuelas y cajones como en el exterior y alacenas de calzados, avíos de sastre, peletería, etc.
En un tiempo los parianistas constituían la flor y la nata de la sociedad mercantil de México, y amos y dependientes daban el tono de la riqueza, de la influencia y de las finas maneras de la gente culta.
La parte del edificio que veía al palacio la ocupaban cajones de fierros, en que se vendían chapas y llaves, coas y rejas de arado, parrillas y tubos, sin que dejaran de exponerse balas y municiones de todos calibres, y campanas de todos tamaños. Al frente de la catedral había grandes relojerías..., la contraesquina de la 1.ª calle de Plateros y frente del portal la ocupaba la gran sedería del Sr. Rico, en que se encontraban los encajes de Flandes, los rasos de china, los canelones y terciopelos, y lo más rico en telas y primores que traía la nao de china... En el interior, principalmente, los cajones de ropa eran de españoles...
Mi ciudad es sobre todo una ciudad asociada a los zapatos, zapatos de mi infancia que estaban en venta en las distintas zapaterías que mis padres tuvieron en el pueblo de Tacuba donde viví en diferentes épocas de mi vida.
Con mi padre solía ir al barrio de Tepito a comprar zapatos de glacé, choclos y botines (unisex) que ostentaban en el forro y en la caja de cartón corriente la marca Elizalde, escrita en cuidadosa caligrafía tipo Palmer.

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